11/05/2010

El Valor de decir lo pensado III


Lo pensado no es cualquier cosa, se trata de algo propio de nuestro ser, que se integra en todo él.

Decir lo pensado es a veces doloroso, pero también catártico, el cuerpo, vomita a la vez que se reconstruye.

Por ello , es acto íntimo que no conviene compartir a tontas y a locas con cualquiera , has de saber entonces que estás dentro de un juego en el que no posees el control completo .

Una cosa es hablar con los amigos, quienes saben que diciendo lo pensado o lo que te de la gana, digas lo que digas, sigues siendo la misma, para ellos, al igual que para la persona que te ama, eres Marta, la hija, amiga o incluso, la madre querida. Sí dices lo pensado y luego actúas o no en consecuencia, tú mismo serás el juez al verte reflejado en la mirada-respuesta de sus ojos. Puede que en ella te apoyes para ser la que has dicho, pero no por ello dejarás de ser igualmente valiosa.

Pero decir algo en un escenario tablero es diferente, imagínense que en una partida de ajedrez - y estamos hablando de un juego con normas bien establecidas donde no hay más azar que lo que tenga en la cabeza el noble contrincante - al mover el alfil a c5 se comunicaran los motivos dando todo tipo de razonamientos. ! .

En el mundo cotidiano, y para las más nimias cosas, hay que armarse de valor al decir. Pueden confundir al ser de una, con la palabra dicha, o con lo que se entiende por dicha palabra, incluso, pueden confundirse el ser de una con el ser que escucha lo dicho.

Espartanoos!!!! Leer más...

26/04/2010

El valor de decir II

I used to live in a room full of mirrors
all I could see was me.
Then I take my spirit and I smash my mirrors,
now the whole world is here for me to see.
Jimi Hendrix

Dicere te aude!

La pirámide de Jufu y la sinfonía “Patética” se hicieron del mismo modo; de la misma manera que se llegó a la luna, nos descubrimos enamorados de una compañera en la oficina o se intenta redactar una bagatela filosófica: pensando.

Pensando. Sin embargo, la cosa no es tan fácil, de tan común el factor resulta invisible y no parece que tengamos tan claro lo que sea pensar como para que ni siquiera podamos atisbar el posible valor de decir (ualor dicendi) lo pensado o la trascendental (sic) tarea de tener el valor de decirlo (audacia dicendi). Porque ya el mismo pensar parece un decir y no es raro encontrar muchos decires que parecen no haber sido pensados en absoluto. Esto no tiene por qué ser un inconveniente, puesto que si una persona se revela en su decir, quizá podamos llegar a ella tanto por el valor de lo dicho, si es digno de considerarse o más bien son incongruencias, como por la audacia de decirlo o no. Ambas vías ayudarán a conformarnos una imagen de esa persona una vez que pasen por los filtros inaprensibles de nuestro propio pensar. Precisamente en ellos debemos fijarnos porque será en ellos donde nos ganemos o nos perdamos, en ellos encontraremos el lugar donde lo valioso del pensar se desvela por la audacia del decir. La cuestión es difícil y existe el riesgo de caer en recursividades y dialelos, pero nos ponemos a ello quoquo modo. Siempre nos quedará el recurso irónico y guasón de aquel orador ininteligible quien, dirigiéndose a su auditorio, decía: “perdónenme su ignorancia”.


Tenemos un pensamiento, o mejor, un pensar ignorante e ingenuo, afortunadamente ignorante y peligrosamente ingenuo, en el que vivimos y actuamos. En ese pensar decidimos, soñamos, planificamos, cantamos, amamos y también hablamos. Este último caso es importante, en tal pensar no pensamos primero y luego hablamos, ni hablamos sin pensar, sino que hablar y pensar son indiscernibles, es más, aunque no pronunciemos palabra alguna ese pensar-hablar interno sigue siendo una sola actividad, de hecho, lo que cotidianamente reconocemos como “pensar” son esas “palabras” que “oímos” en nuestra cabeza. Hay quien resume ese pensar con la palabra “yo” que se usa como panacea y que irremisiblemente conduce a un abismo sin fondo y a infinitos desdoblamientos, a los que nos referimos más adelante. Cuando decimos algo, sea que digamos una promesa, un discurso, un cuadro cubista o una función logarítmica, no decimos el pensar-hablar ignorante, es imposible, nadie dice lo que piensa. Repetimos: nadie dice todo lo que piensa, no es posible, ese pensar-hablar ignorante ingenuo (poético, digámoslo ya) es inexpresable e irreproducible por extensión (también por intensión, quizá más). Todas las imágenes, sonidos, voces, palabras, etc. que surgen (nos asaltan y se desvanecen) cuando pensamos lo que vamos a decir son inasibles; ya en vigilia, ni qué decir en el sueño. Conviene ser claro en esto, cuando componemos un pensamiento para ser comunicado (puesto en comunidad) intentamos dominar y ordenar lo que es indomable. Ahí sí entra en juego la voluntad, voluntad que siempre es asesina, y lo reducimos por el único método posible, la supresión, la negación. Construimos lo que vamos a decir eliminando todo lo que “sobra” del pensar-hablar ignorante infinito (mejor sería decir no-numerable). En ese momento el pensar-hablar deja de ser ignorante y pasa a ser razón, que se dice, o mejor, se da. Damos razones a los otros y a nosotros mismos, ¿cómo no habríamos de darlas?, es completamente legítimo puesto que desde el momento en que el pensar-hablar se ha convertido en razón ya es una cosa y, como tales, las cosas se pueden dar, intercambiar, hasta venderse.

En plaza pública, como todo lo que se intercambia, se las inviste de valor bajo el criterio de la permanencia. Parece como si las viejas razones, los decires ancestrales, que perviven (que se siguen diciendo) fuesen las más valiosas. Es el mismo criterio de la economía del oro, donde se pretende deducir el valor de la perdurabilidad. Falaces ambos criterios, aunque cada uno a su manera; en nuestro caso, resulta difícil decidir si la perdurabilidad de un decir es causa o consecuencia de su valor. Después viene el precio, puesto que no existen los decires regalados; o bien son falsos regalos que ocultan sus contrapartidas intencionales, o bien son expresamente bautizados “sin precio” y no admiten un intercambio con otros decires, son dogmáticos. Un decir verdaderamente regalado sólo podría ser aquél sin un destinatario posible, en tal caso sería una razón sin intención; un decir gratuito por inintercambiable que además sería ilocalizable y que, a fin de cuentas, nada diría. Ofrecemos nuestros decires y recibimos o rechazamos otros; ojo, aceptar y rechazar una razón son acciones y, como tales, son también razones. A estas alturas estará claro ya que todo actuar es un decir, no necesariamente verbal, que habla (y no poco) de nosotros. Una misión de audaces porque, precisamente, en ese intercambio nos jugamos nuestro ser. Pasar desde el bruto (ζῷν) al hombre (ἄνθρωποϲ) es discurrir por (δια-) un camino pavimentado de razones (λόγοϲ) que tiene peaje; y muchas veces se paga con la propia vida. Pero, siendo ineludible, no es esta la audacia de decir a la que nos referíamos más arriba como tarea trascendental, ésta es mucho más sutil y ardua y, por si fuera poco, es inacabable. Es el valor de darse la vuelta en el camino de razones para meternos dentro del abismo de aquella cosa (que no es cosa) a la que algunos llaman “yo” y que es una habitación llena de espejos.

Con el decir configurado por la voluntad reductora y supresora habíamos conseguido que el pensar-hablar dejase de ser ignorante para ser razón transmisible, pero recordemos que también dijimos que tal pensar-hablar es afortunadamente ignorante y peligrosamente ingenuo. Con la razón eliminamos de nuestro pensar-hablar a esa beata ignorantia que era la productora del pensar bruto, infinito, fugaz, caprichoso, inconexo, que sólo pudo salir de la habitación llena de espejos olvidando la inocencia de su plenitud, convirtiéndose en palabra, en verso, en música, en escultura o en rascacielos, es decir, en cosa. Pero ese decir, ese pensar-hablar que ha dejado de ser felizmente ignorante sigue siendo peligrosamente ingenuo, más aún, catastróficamente ingenuo.

La ingenuidad es una, sin dobleces, simple y, como tal, inmune al error. De hecho, lo que llamamos error, en el decir de razones, no es más que una posibilidad ya recogida en su propio dominio, definida por el acierto, o sea: no definimos “p” por los infinitos “no-p” sino que definimos el “error” de todo lo que no es “p” reduciéndolo a un “no-p”. En esta reducción, el decir inmunizado con la vacuna de la Sancta Simplicitas disfraza y uniformiza como yerros, anomalías o sinrazones lo que está fuera de sus pagos de tal manera que, al apropiárselos, abarca todo, deja de tener lindes. En realidad lo que ha hecho es dejar de verlas, por eso la ingenuidad no tiene miedo, pero un peligro es mayor cuando no se le reconoce. Entonces, ¿es valiente la ingenuidad? Es temeraria, no es valiente quien no siente miedo, sino quien viendo el peligro lo encara a pesar de su miedo. Sólo es posible evitar el desastre perdiendo la seguridad de quien se columpia al borde del abismo porque no lo ve al no ver el límite. Para ello, el decir tiene que volverse sobre sí mismo y atreverse a descubrir su origen con el riesgo de que no le guste. Perder la ingenuidad de creer que el todo se daba en él, en sus razones. Ahí encontramos la tarea trascendental de la verdadera audacia: en el decir reflexivo, decir y dar razón de las imágenes de los infinitos espejos del sótano de nuestro “yo” donde surgió el mismo decir, en el pensar-hablar ignorante ingenuo infinito y simple. Por eso es una tarea trascendental, porque llegar a conocernos es tanto como desvelar las vías del mismo conocer. Por eso es una tarea infinita, porque infinitas son las imágenes de los espejos de nuestra habitación. Por eso no hay mayor audacia, porque descubriremos que lo que creíamos realidad razonable no son más que espejos que nos rodean y que hay que ser muy valiente para atreverse a decirse uno mismo, para afrontar la terrible decisión de romper los espejos y, tras ellos, ver lo indecible.

Jesús Salcedo
25 de abril de 2010

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15/04/2010

El valor de decir I

Quemando palabras.

"Qué agradable es que existan palabras y sonidos: ¿palabras y sonidos no son acaso arco iris y puentes ilusorios tendido entre lo eternamente separado?...Una hermosa necedad es el hablar", Friedrich Nietzsche, (Así Habló Zaratustra).

Artículo 19 de la Declaracion Universal de los Derechos Humanos "Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión...[...]".

Por tanto, si vives en eso que llamamos occidente, y además sobrevives en eso que llamamos democracia ¿que valor ontológico tiene eso de decir lo que se piensa?, ¿acaso lo has pensado o sólo has juntado palabras?, ¿corres algún peligro o es sólo tu inseguridad la que te impide expresarte?, que no te gusta la monarquía, dilo; que no te gusta tu familia, dilo; que tu novia tiene bigote, dilo; que tu trabajo te asfixia, dilo; que la universidad te mata, dilo también; y asume las consecuencias. No necesitas ser muy valiente para decir, al menos aquí (sur de Europa) y ahora (año 2010). Puedes decirlo todo; pero recuerda, cuando todo esté dicho todo se habrá contradicho.


Ay!!, la mayoría habla demasiado, algunos nunca dejarán de ser agentes de la inacción, -"por sus actos los conoceréis" (Mt 7,15-20)-. Demasiada cháchara, demasiada queja trasnochada desde los cómodos gabinetes, demasiados reproches sin propuestas, demasiada tertulia para convencer al otro; demasiadas conferencias que siempre comienzan igual..."creo que mis honorables compañeros coincidirán conmigo en lo fructífero de estas charlas", demasiadas palabras.... Ay!! Dios mio, como me duelen los huevos.

Decir, decir y decir, producimos palabras a escala industrial. Palabras. Casi todas ellas tan sólo rancias rodelas tras las que nos escondemos, ¿de qué?.

Decimos, y olvidamos que el hombre no es sólo palabra, que la actividad es también libertad.

Hablar...palabras...el viento juega ...Y mientras tanto sólo soñamos que somos lo que no hacemos.

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22/03/2010

Fe y Razón IV

(Hablan la razón, la fe y un filósofo)

Filósofo: ¿Por qué estás tan alicaída, Razón, amiga?, ¿acaso te entristece el verte tan maltratada por los simples?
Razón: Si solo los simples me maltrataran...
Filósofo: No exageres: también hay quienes te veneran.
Razón: Y tú eres uno de ellos, ¿no?

Filósofo: Por supuesto. Eres el único criterio de verdad aceptable que conozco.
Razón: Hombre, muchas gracias por homologarme.
Filósofo: ¿Te burlas?
Razón: Moi? ¿Acaso no me conoces?
Filósofo: Te conozco bien: tú eres lo único que sacia mi sed de verdad, y mi sed de verdad es tan intensa que vivo para saciarla. 

Razón: Con tanta sed de verdad, serás docto en matemáticas.
Filósofo: Te equivocas: soy de letras.
Razón: Como las x y las y del álgebra, ¿no?
Filósofo: Esas, en particular, no son mi fuerte.
Razón: ¿Y dónde buscas, entonces, tus verdades?
Filósofo: Extraña pregunta, viniendo de ti: escudriño los datos que recibo, los comparo, busco los principios en que se sustentan y, guiado por tu luz (que son también mis luces), descarto los que no me satisfacen y solo hago míos los que se me imponen como verdaderos.
Razón: Ha de resultarte extenuante una labor tan minuciosa.
Filósofo: Desde luego. Pero es la verdad una recompensa tan dulce que doy por muy bien empleados mis esfuerzos.
Fe: Además, no negarás que de vez en cuando relajas un poco tus criterios, ¿no?
Filósofo: ¿Y tú qué haces aquí, impertinente?
Fe: Soy hermana de la Razón y suelo acompañarla a donde va. Mírame: no negarás que hay entre nosotras cierto aire de familia. No te imaginas cuántas personas se proclaman enamoradas de ella y a mí dicen despreciarme, y, sin embargo, no consiguen dejar de confundirnos a cada paso… Pero no nos distraigamos: decíamos que, a pesar de las medallas que te cuelgas, no siempre le miras el pedigrí a la verdad con tanto empeño; que a veces engordas un poco la vista y te dejas colar, medio a sabiendas, demostraciones que no lo son, pruebas que no has sopesado bien…
Filósofo: Eso lo decías tú, y te equivocas. Desde luego, no soy perfecto. Es posible que en ocasiones (muchas, si quieres) me engañe, pero mis errores son involuntarios y siempre estoy dispuesto a corregirlos.
Fe: ¿Hablas en serio? Entonces responde a esto, por ejemplo: ¿crees que el hombre viene del mono?
Filósofo: ¿Te refieres a la teoría de la evolución?
Fe: Supongo que sí, si hablar así te resulta cómodo; pero, que yo sepa, solo te he preguntado si crees que el hombre viene del mono.
Filósofo: Hay ejércitos de pruebas que lo demuestran: excavaciones, fósiles de antropoides, etc.
Fe: Eso dicen, pero ¿conoces esas pruebas?, ¿estás seguro de que prueban lo que has oído que prueban?, ¿podrías refutar las objeciones que contra ellas se han aducido?, ¿sigues con interés las discusiones de los científicos? ¿O acaso, por el contrario, la mayor parte de tus nociones sobre la genealogía del hombre procede de algunos libros de texto que estudiaste sin entusiasmo y ya hace años? En otras palabras, campeón, ¿sostienes que el hombre viene del mono porque, de acuerdo con la razón que profesas, has sopesado tú mismo pruebas a favor y en contra de tal afirmación y, convencido por ellas, has llegado a un veredicto propio, o, más bien, como si de una religión se tratara, crees en ella (y en lo que la rodea) solo porque resulta cómoda y está a la mano; solo porque es un camino seguro: un camino tan bien delimitado y tan carente de maleza que puede seguirse casi con los ojos cerrados?
Filósofo: Conozco pruebas, argumentos y discusiones sobre la teoría de la evolución, si es eso a lo que te refieres, aunque no las he estudiado de manera exhaustiva: no soy biólogo ni antropólogo, y mi interés en cuestiones de evolución solo es parcial. De todos modos, aunque no conozca con minucia cada detalle de la teoría de Darwin, sí puedo afirmar, sin lugar a dudas, que es más probable que otras teorías acerca del origen del hombre.
Fe: Pero si alguien se saliera de las generalidades y te pidiera examinar algo concreto, si alguien te pidiera dar cuenta de las razones que sustentan, por ejemplo, el salto mental que conecta el hallazgo de algunos trozos desperdigados de cadáveres de primates de hace millones de años con la afirmación de que dichos trozos han de haber dado lugar a algunos otros trozos de cadáveres, algo menos antiguos, que también se han encontrado por azar; si alguien, decía, te preguntara algo de ese tipo, ¿no te pondría en un aprieto?
Filósofo: Probablemente, y tendría que responderle que no soy un experto en el tema y que si lo que quiere es una discusión en condiciones, haría bien en procurarse un buen naturalista.
Fe: Lo que viene a ser muy similar al eterno “doctores tiene la santa madre iglesia que lo sabrán responder”, ¿no?
Filósofo: Está claro a dónde quieres llegar, pero te equivocas. Los doctores de la ciencia lo son, precisamente, porque pueden dar razón pública de sus afirmaciones…
Razón: …O eso cabría esperar de ellos…
Fe: Y no solo de ellos: quien profese conocer racionalmente una verdad debe poder dar cuenta a los demás y darse cuenta a sí mismo de  ella. Pero, para hacerlo, antes tiene que haber revivido el proceso original de su descubrimiento. Las verdades no son esos animalillos grises y mansos que exhiben en los libros, como trofeos, los que nunca se han tomado la molestia de salir a cazarlas; las verdades, por el contrario, son como leones y son como colibríes, y no se dejan atrapar por cualquiera.
Quien busque una verdad ha de estar dispuesto a perderse, ha de estar dispuesto a abandonar el hogar y salir a buscarla sin certezas y sin garantías. Y si un día encuentra algo que se parezca a esa verdad que está buscando, ha de recibirlo con cautela, con hostilidad incluso; ha de buscar algún motivo (cualquiera sirve) que le permita rechazarlo, porque solo si el carácter de verdad de ese algo que ha encontrado se le impone de manera irresistible, ineluctable, puede dar por fructífera su búsqueda. Y aún si eso sucede, el buscador de verdades solo podrá atesorar su descubrimiento mientras sea capaz de abarcar con la mirada todos los detalles del camino que ha seguido y solo será razonable mientras esté dispuesto a desandar ese camino, a buscarle atajos, a ponerle peros... En caso contrario, podrá sostener el enunciado de esa verdad que algún día conoció, si eso le place, y podrá también creer en ese enunciado con más o menos énfasis, con más o menos fe... pero no con razón.
Filósofo: Me parece que hablas razonablemente.
Fe: Desde luego. No olvides que soy hermana de la razón.
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18/03/2010

Fe y Razón III

“Existe lo que se ve, más aún si aparece en la tele o en internet”, algo así nos repite de continuo quien lleva de modo admirable el Gabinete de Medios de Comunicación en el lugar donde trabajo.

De internet traigo la imagen de Lilí Álvarez, quien hizo del deporte no sólo un arte de competir sino también el medio a través del que llevar a la mujer a alcanzar una superación de la idiotez pueril con la que se la trataba en la época, de esto tratan algunos de sus escritos y conferencias impartidas en la España posrepublicana.

Y es que una parte a la vida cotidiana como si fuera a enfrentarse a virtual combate, con la filosofía como arma. Si quiero agarrarla con fuerza necesito de la fe, pues, desde luego el ataque mejora con la estrategia y ésta hace que tengas más ganas de jugar, pero la estrategia no siempre funciona. Que se lo cuenten al ferviente Martin Edén de Jack London, lo que vio pudo sobre lo que creyó. Por ello, para vivir bien requiero de una fe que va más allá de la mera creencia en lo visible, en lo que aparece ante mí. La razón sin fe es mecánica, simple o compleja, derivación…técnica. Mi razón se nutre de fe y estrategia.

Creo en que nuestra existencia tiene sentido, desde la fe interrogo, el intento de dar razón es lo que me hace hablar, el alma lanza una palabra por la boca a ver qué pasa, a ver si se abre la puerta que desvela el enigma. Emitir una palabra es acto de fe.

¿Qué fue sino la fe lo que hizo que Sócrates, frente al visible reino de la sinrazón, apostara por esta y muriera por una vida con sentido?

Cierro con María Zambrano: “lo visible es tan aplastante que sume en la sombra más opaca a lo que con ella no se aviene”.


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15/03/2010

Fe y Razón II

"Llenósele la fantasía de todo aquello [...] y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas
soñadas invenciones [...] que para él no había otra historia más cierta en el mundo".

Por lo general se ha entendido, y se entiende que razón y fe son conceptos contradictorios, pero, a su vez, son conceptos que parecen no poder vivir desconectados. Como si hubiera efectivamente un principio de conexión en lo heterogéneo.

La razón duda sobre el ser y construye edificios sobre la interrogación. La fe es voluntad de ser, no es sólo aceptar creencias es también voluntad de crearlas, y la fe no es patrimonio de la religión.

La relación entre ambos conceptos, según la historia de la filosofía, tiene una historia larga; que puede quedar resumida en palabras de Philip O´Relly, así:

"[...] Pablo de Tarso y el platonismo engendraron un hijo mestizo, -con lo bueno de uno y lo bueno del otro, con lo malo de ambos-. Tras no pocos ajustes y semillas gnósticas, el Obispo de Hipona consideró más importante la meta y reprochó a los filósofos griegos, que habían salido ya del laberinto de los mitos, atender sólo al camino. La verdad indiscutible, la palabra pétrea de Dios, primó sobre la duda, y ello durante siglos.

La filosofía escolástica acercó lo conceptos, los pulió como hace la corriente del río y del tiempo con los guijarros, trató en insertar la razón en la fe y hasta el Arzobispo de Canterbury pensó una fe prioritaria pero no incompatible con las búsquedas de la razón. El Doctor Angélico armonizó ambos conceptos y los hizo proceder del mismo origen, Dios. Eran pues entonces -razón y fe- hermanas de padre, aunque con destinos diferentes; pues sólo fe sería la hermana llamada en última instancia a la presencia divina.

Al decretarse que no podía haber doble verdad, la hermanas se hicieron enemigas justo en el momento en que aparecieron las Universidades, y entonces la odisea de la separación entre razón y fe impuso su propia dinámica. Se radicalizaron las posturas, más, cada vez más, y más, hasta llegar a los gerentes del idealismo que pretendieron enterrar la nociva fe en estructuras dialécticas, hasta llegar a los científicos positivistas que incluso llegaron a olvidar toda relación con la metafísica. Olvidaron que la a Alezia, la Verdad, tuvo un origen mítico-religioso. Una fe en la razón ¿acaso no fue eso la Ilustración? [...]" (pag 330, The Philosophical Myth).

Pero se olvidó. Se olvidó, finalmente, el principio de conexión de lo heterogéneo. Y según se hundía la fe, resultó, para sorpresa de muchos, que en las sociedades postsecularizadas también se hundía la razón.

Tras el largo camino recorrido ambas se debilitaron, se licuaron, y extraviaron. La razón ahora se desparrama por carreteras secundarias, comarcales y locales, carreteras que nunca llegan a la proposición universal y mucho menos al concepto, la razón ahora se dedica al experimento olvidando su meta. La fe, por su parte, se transforma en
superstición, en religión vacía. La fe, ajena a la voluntad, al acto individual y a la convicción razonable, ahora se extravía en la creencia ciega, en el fanatismo, se convierte en espectáculo de masas y la masa no tiene fe (o según algunos, es mejor que no la tenga), ni la masa necesita ser racional. Es como si la desaparición de la fe y de la razón estuviera conectada con las leyes de la masa, pero no con las del individuo.

Me parece, pues, que al individuo le interesa la razón y la fe, o mejor dicho no puede vivir sin ellas. Que no hay razón sin lo Otro que lo determine. La razón no puede saberse a si misma sin la existencia de lo Otro, lo cual ella misma no es pero a lo que permanece anclada por el principio de conexión de lo heterogéneo. La razón no puede estar segura de si, sino cree y se crea ella misma a si misma, si no se ejerce como un acto individualizado de voluntad. El componente del concepto fe es un componente necesario para construir el concepto de razón. Y la razón, en el límite siempre o da un salto de fe o se paraliza.

Cuando Deleuze escribe: "...la fuerza es quien puede, la voluntad de poder es quien quiere...este concepto victorioso de la fuerza requiere un complemento, y este complemento es algo interno, un querer interno" (pag. 75, Nietzsche y la Filosofía), ¿no está hablando de la fe?, la afirmación nietzscheana, la afirmación a la vida por si misma pase lo que pase, ¿no es un salto de fe?.

¿Cómo puedes conocerte a ti mismo sino crees en ti mismo?. Hay un lo que se cree, y hay un como se cree. Y en el origen está eso que llamamos "el sujeto", ese que danza, ese que da el giro del loco ataviado con todos sus conceptos y sus relaciones, convencido de que su juego no es insensato, pues para él es evidente que se puede tener fe sin religión, una fe filosófica, atea si se quiere, si tus prejuicios religiosos te le impiden o simplemente te encuentras más cómodo, llámalo creencia, certidumbre, confianza, convencimiento. Fe.

Necesaria y más habitual de lo que estamos dispuestos a reconocer en público, es posible que hasta el mismo Platon cuando flirteaba con la filosofia ya supiera que para encontrar aquello que se ama uno debe tener fe.

D. Dervish

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Fe y Razón I

"Materia diste al mundo de esperanza
de alcanzar lo imposible y no pensado
y de hacer juntar lo diferente"
Garcilaso (Égloga Primera)

La madeja de velcro y las gafas de ver

Tomás “el Mellizo” no era un mal hombre, quizás un poco lento, sin un rastro de mala intención pero, como todos los hombres simples y prudentes, era desconfiado. Ser pobre y analfabeto le obliga a uno a reducir al máximo la extensión de su crédito, en el caso de Tomás a lo que vieran sus ojos y a lo que tocasen las yemas de sus dedos. Así, cuando se movía quería tener claro adónde iba (Jn 14, 5) y no creyó en un redivivo hasta que vio y tocó las heridas de los clavos y la lanza, y por ello se le reprendió (Jn 20,29). Nadie reprochó nada a Saulo quien también tuvo que ver hasta deslumbrarse, oír hasta la sordera, casi tocar hasta quemarse para devenir Pablo; pero él era un fariseo que hablaba griego y sabía escribir, vaya que sabía. A los intelectuales se les consiente que necesiten de más pruebas que las rudas y antihigiénicas del pobre Tomás, a quien se le exigía una fe ciega. También entre santos hay clases.


No era del Maestro de quien desconfiaba Tomás, era de los que le contaban que habían visto al Resucitado, y así prefería la fuerza de sus cortos sentidos antes que las palabras de hombres que tantas y tantas veces había visto mentir. Sin embargo, seguro que Tomás conocía el desierto y sabría que, en ciertas ocasiones, parecía haber agua donde sólo había arena, quizás alguna vez tomó por el grito de un niño el chirriar de una puerta. Si Tomás hubiese hablado griego tampoco le habría valido el testimonio de sus ojos que ya una vez le dieron arena donde prometieron agua o el de sus oídos que podían disfrazar de cigarra el cascabel de una serpiente. Tomás reclamó pruebas de vida al muerto y de identidad al Maestro, pero no se las reclamó a sus ojos ni a sus dedos, ellos le habían dado todo su escaso y valioso saber, tenía fe en ellos.

La fe siempre es sincera, por definición. Dudar de la fe, exigirle pruebas de su propia validez, es como pedir a alguien que falsifique su propia firma, algo imposible por contradictorio. La fe no puede ofrecer pruebas de su validez puesto que es la otorgadora de validez primera y absoluta. No podemos “tener fe”, la fe no se puede tener, no es un contenido es el recipiente, se ejerce, aun más, es imposible no ejercerla puesto que es el motor, verdadera causa efficiens. Estricta y formalmente pensada desprende un schein de trascendentalidad, de conditio sine qua non, del cual no podemos deshacernos, como esa madeja de velcro que al pretender librarnos de ella sólo cambia de sitio, como las gafas “de ver” a las que se les puede poner las más variadas lentes a través de las que vemos y conocemos todo. Sea cual sea la lente que elijamos (o nos elija ella) nos resultará transparente en nuestras gafas de ver y a través de ella las demás lentes desenfocarán, darán colores falsos, distorsionados, aparecerán como cristales engañosos. No cree en fantasmas quien los ve sino que ve fantasmas quien cree en ellos. A través de las lentes del creyente religioso todo lo que se ve es prueba de Dios y verá como cristal desenfocado la lente que usa el agnóstico ilustrado cuyo yo-libre no es más que otra lente distorsionadora a través de los cristales del escéptico, así in infinitum. Pero todos llevan gafas “de ver” o mejor, digámoslo ya, las gafas de vivir.

A nada que andemos sutiles y pausados encontraremos una vinculación entre creer y saber, con un poco más de atención tal vinculación aparecerá como una especie de circularidad: saber algo es sentirlo como propio, comprendido en nosotros, y a su vez creer en la verdad de ese sentir, de ese saber, así como en la verdad de la memoria que lo reproduce, en el yo que lo “observa”, etc. Si seguimos profundizando se nos desvelarán ambos conceptos como indiscernibles y no conviene llegar a tanto, pero sí es ilustrativo darnos cuenta de esa espiral de indiscernibilidad, no porque señale un camino sin salida (sea éste cual sea) sino porque apunta a un movimiento, a un impulso, una fuerza, una uirtus. No es lo importante que el camino no tenga principio ni fin o sea invisible, sino el movimiento que contiene. Descubriremos esta circularidad eficiente en las virtudes intelectuales, en las cardinales y, finalmente, en las teologales.

La vida es acción y no hay acción distinguible sin la prudencia que a su vez reclama del intelecto todo su arte para que adquiera un conocimiento que nos permita llegar a ser lo suficientemente sabios como para poder ser justos en las decisiones, templados en las pasiones y firmes en el ánimo y así seguir la marcha a pesar de los desengaños, para no (des)-fallecer, es decir seguir vivos. Todos estos términos pueden cambiar sus posiciones relativas y seguirán funcionado en su fluir a condición de que exista la intencionalidad del acto que se persigue o se intenta atisbar (la misma búsqueda puede ser el acto que se persiga), el sitio que pedía Tomás “el Mellizo”. Fe y esperanza se funden al igual que las demás fuerzas y parecen apuntar a lo mismo: la sabiduría. Sólo el sabio, el verdadero sabio, vive la verdadera vida... Pero todo esto no es suficiente. Hace falta querer.

Amar, dos puntos: querer, desear, anhelar, buscar, apreciar, gustar, estimar, eros, philía, cháritas, ágape, diligere, fruitio... como se lo quiera llamar. No son sitios, no son lugares, no son sentido, son sólo puro movimiento, tendencia, empuje, energía (y sí, también energéia absoluta, claro que sí). Sin ello, todas las demás fuerzas, todas las demás virtudes son sólo sangre coagulada, y la sangre sólo da vida en movimiento. Sólo el amor pone los cuerpos en movimiento, lo supo Platón tanto como Aristóteles, y antes Diotima tanto como Empédocles, pero también Schopenhauer y Nietzsche. Sólo el amor es vida, sea cual sea esa vida. Agustín de Hipona sólo tuvo que cambiar el objeto de su amor (de su disfrute, su anhelo, su deseo), de la carne al espíritu, para ser santo, pero sólo fue un cambio de sentido, no de intensidad. Ambas vidas estaban llenas de amor, de deseo, de hambre. Amor Dei o amor Fati, filantropía o egoísmo, tanto da. El amor es la función, el objeto (persona, idea, afición, dinero, profesión) amado es sólo el argumento que cambia a cada segundo, con cada latido.

Amor siue uita, pero no nos conformamos, buscamos la mejor vida, la uita beata, que ya sabemos (o creemos) es la de los sabios, unos sabios a los que nadie puede reconocer, porque gustan de irse a las montañas o van por ahí diciendo que nada pueden enseñarnos porque nada saben. Probablemente nunca alcancemos la sabiduría y debamos conformarnos con aspirar a ella, con perseguirla, con anhelarla, amarla en su ausencia porque, si alguna vez nos encontrásemos con la Sabiduría no la reconoceríamos, no podríamos reconocer lo que nunca tuvimos, reclamaríamos yagas en las manos y lanzazos en los costados.

Jesús Salcedo

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11/02/2010

Alain Badiou, Manifiesto por la Filosofía

Teniendo en cuenta que mis compañeros siguen de examenes, me dedico a probar diferentes textos y enlaces html.

Si sigues leyendo encontrarás textos de Badiou de su libro "Manifiesto por la Filosofía".

“Lo que condiciona una gran filosofía, por oposición a los saberes instituidos y consolidados, son las crisis, aperturas y paradojas de la matemática, las sacudidas en la lengua poética, las revoluciones y provocaciones de la política inventada, las vacilaciones de la relación entre los dos sexos. (…)La filosofía tiene por función “agravante” disponer los procedimientos genéricos en la dimensión, no de su pensamiento propio, sino de su historicidad conjunta.”

Pág 18-19.


“(…)la categoría de Sujeto debe ser reconstruida y considerada como el último avatar (moderno, precisamente) de la metafísica; y el dispositivo filosófico del pensamiento racional, del que esta categoría es el operador central, está en lo sucesivo mantenido a tal punto en el olvido sin fondo de los que lo funda, que “el pensamiento sólo comenzará cuando hayamos aprendido que la Razón, tan glorificada desde hace siglos, es la más encarnizada enemiga del pensamiento.”

Pág 24.

“La “senda del bosque”, el ojo claro del campesino, la devastación de la tierra, el enraizamiento en el emplazamiento natural, la eclosión de la rosa, todo ese pathos(…) no está entretejido más que con nostalgia reaccionaria.(…) el reinado del capital frena y simplifica la técnica, cuyas virtualidades son infinitas.”

Pág 31.

“(…) la desacralización no es en absoluto nihilista, en tanto que “nihilismo” debe designar aquello que pronuncia que el acceso al ser y a la verdad es imposible. Al contrario, la desacralización es una condición necesaria para que dicho acceso se abra al pensamiento. Es evidentemente lo único que se puede y que se debe saludar en el capital: pone al descubierto lo múltiple puro como fondo de la presentación, denuncia todo efecto de Uno como simple configuración precaria, destituye las representaciones simbólicas donde el vínculo encontraba una apariencia de ser.”

Pág 34.

Manifiesto por la filosofía, Badiou, Alain, 1990.
Enlace al libro completo en PDF, aqui


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06/02/2010

Filosofía del Deseo




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18/01/2010

Filosofía y Universidad.

La filosofia,al mismo tiempo que se aventura a lo supuestamente mas lejano lo hace,en un sentido, partiendo de la circunstancia más próxima en la que le toque moverse sea ésta cual sea y es un intento de comprender esa misma circunstancia.

A poco que se la tome en serio significa la posibilidad de una mirada inseparable del pensamiento conceptual y no reducible a alguna otra,sea académica o popular;una mirada a lo ahí,a la realidad social ahí, que incluye o hasta en una dirección empieza por lo de entrada más inmediato,por lo que en el entorno más cercano pueda estar pasando,intentando captarlo y decirlo al margen o en contra de discursos estandarizados o de suposiciones una y otra vez reproducidas.


A poco que se la tome en serio ha de posibilitar un modo,sin ella no posible, de ver en lo que hay,de decir lo que ahí hay.

Al mismo tiempo que se lanza uno a dar la vuelta o mil vueltas al mundo o a los mil y un mundos,a lo real o lo irreal de eso se trata en un sentido:de que cualquier imaginable rodeo o periplo nos permita ver con nuevos ojos,descubrir, el lugar donde siempre y nunca antes habíamos estado, de poder percibir y hacerse una idea de dónde efectivamente se está, de pensar el aquí y el ahora sabiéndose aquí y ahora.

De lo más cercano : la universidad española, esta universidad,este centro universitario.

Filosofia y universidad;filosofia e instituciones socioculturales.Ese lado,su lado institucional,ha sido tal vez el más obscuro de la filosofia sobre todo en ciertas épocas,pero siempre aun en modos muy distintos e incluso en los de su parcial disociacion,ha formado parte de la filosofia a lo largo de su historia. Lo institucional de la filosofia puede que resulte desde la idea de libertad que ésta ha de encarnar lo mas alejado o contrario a ella,pero lo que no cabe es ignorarlo.

Y no ignorando que nuestra aproximacion a la filosofia pasa aquí y ahora,al menos en parte,por esta universidad,por la Uned ,por este centro universitario,queremos reflexionar sobre lo que es hoy y quizá podría ser la filosofia,sobre lo que es la filosofia en la universidad española,en esta universidad.

Al mismo tiempo que nos preguntamos sobre lo que podría significar hoy la universidad,queremos conocer y decir lo que pasa en ésta.

Nos interesa y vamos a intentar hablar de cómo se está entendiendo en ella la filosofía,su enseñanza,desde la estructuracion de los planes de estudio hasta ese componente fundamental que son las tutorias.

Por ejemplo:¿Qué hechos o maneras de actuar y funcionar está cubriendo esa tan honorable expresion como la de tutor?.¿Qué es lo que está efectivamente determinando el funcionamiento de la Uned,¿de qué clase son las reglas de actuacion de los que oficialmente la dirigen,incluyendo los centros asociados,en especial este centro asociado de Madrid? .

Nos proponemos hablar de la universidad desde la universidad,llevar cabo una reflexión critica sobre ella desde ella,pero no desde las cátedras,las jefaturas de departamentos o los despachos oficiales sino desde los pupitres y los pasillos.Y de entrada ,desde esta posicion, los discursos oficiales parecen estar diciendo muy poco o nada de lo que efectivamente está sucediendo en esta Uned,de como está efectivamente funcionando.

Desde el pupitre es como podemos ahora aproximarnos a la filosofia,a su historia,y a su tan incierto presente;desde el pupitre queremos saber y hablar de lo que esta universidad es y de lo que pensamos y queremos que podría ser.

Nos interesa saber y nos interesa decir;queremos ir averiguando e ir diciendo lo que vayamos averiguando.¿Qué universidad es ésta?.¿Qué clase de gente está dirigiendo este centro?

¿Qué les permiten hacer o no hacer las normas o las praticas usuales o usualmente consentidas?. Y hasta,¿por qué no?

Queremos ir averiguando e ir contando,enunciando lo que aquí pasa sabiendo que con frecuencia el mero enunciar supone el más claro y contudente denunciar.

El Criticón
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13/01/2010

¿Por qué la filosofía?.III

“Quienes piensan no creen”. Esta afirmación vertida en una de las sobremesas de la pasada Navidad sirve como inicio de mi reflexión al porqué de la filosofía.


Paradójicamente, yo, creo firmemente en el valor del pensar, de partida, con una fe ciega. Vivo el deseo de pensar de manera constante y obstinada. Mira que me han dicho veces que no piense… Al menos no tanto.

Amo el pensar y creo en él

- Como mujer que se siente y salva al hacerlo: Cuando pienso, tengo la sensación de caminar a mi lado, notando así mi existencia en el mundo: “Hay algo”. Por qué la filosofía: porque tomo conciencia de mi ser. “¿Te acuerdas de que eres hombre?”dice la Filosofía a un Boecio desesperado y preso.

- Como desesperada Boecia ante una situación de aparente sinsentido. Pensar me hace amarme y amar, fundirme con el mundo. Puede que por un instante, prolongado a veces, me sitúe tras una barrera de separación , después, si veo que soy capaz de pensar, tengo fe en mí, y, sabiéndome parte del mundo, me hace tener fe en él, amarlo, e intentar comprenderlo. “La unidad se da siempre en la separación” comenta Lyotard en una de las conferencias sobre el por qué de filosofar

- Como actriz en el escenario: Pienso, dialogo y reflexiono con los actores y público de las infinitas obras que se representan en el mundo. Tanto en escenarios imaginarios como en los de la realidad. Me voy de un escenario y representación a otra, de nuevo me siento viva e inmersa en una historia.

-Como viajera, inagotable, en al aventura del vivir. Qué mejor acompañante para una holandés errante, que la fiel filosofía.

Marta Pelaez
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11/01/2010

¿Por qué la filosofía?.II

-Me parece ver una forma de ignorancia grande, difícil y temida [...]
-¿Cuál es?
-Creer saber, cuando no se sabe nada.
                              Sofista (229c)

La incansable denuncia de la nada

La filosofía nació con un acto de humildad. Hace casi veinticinco siglos, un joven de buena familia quemó sus poemas para seguir las enseñanzas de un harapiento y anciano escultor retirado quien decía que, en realidad, nada sabía. Un solo gesto que encierra simbólicamente el salto, la brusca ruptura marcada por el reconocimiento de una incapacidad y de una limitación. Por un lado, la valiente decisión de renuncia a la confortable y ciega seguridad de la tutela de un dios; y, por otro, la inconformista desconfianza en los engañosos discursos de los hombres.


En el fondo, simplemente se trata de saber de qué hablamos, si al hablar decimos algo o, más bien, nada y, si efectivamente decimos algo, ese algo puede ser comunicado y compartido por todos más allá de toda discusión y de toda opinión dominada por perspectivas e intereses pasajeros particulares. En definitiva, se trata de saber si, con las mismas palabras, estamos diciendo lo mismo, es decir, si de hecho conocemos eso que dicen las palabras, si es que es conocible. Aún más, si es que existe “lo mismo” o sólo una infinita e inaprehensible multiplicidad de “algos” en continua fuga. Y es que la cuestión no sólo es saber si podemos desvelar la verdad de un ser que se muestra fugaz y esquivo, como pretende el poeta, porque la proclamada inmediatez de la verdad del ser que el poeta canta con palabras sólo es una imagen parcial que vista por otro en otro momento no dirá lo mismo, por mucho que el poeta acierte en su pensamiento de la fugacidad, y su visión una y eterna del ser que fue y que él rescata del olvido. Dicho de otro modo, y aunque esto nos inquiete, no se trata de añorar el ser, que tal vez nunca tuvimos, sino de si es posible conocerlo y transmitirlo unívocamente para toda razón, aunque sea en una mínima extensión y pagando un alto precio: el precio del no-ser.

De repente nos descubrimos hablando y, hablando con nosotros mismos, nos sorprendimos pensando. De una manera inevitable, la palabra creó el silencio. Mientras no había palabras no había silencio, no existía la muerte. La muerte se mostró en el silencio del que no habla, el no-ser del silencio fundió la palabra con el ser, hubo que seguir hablando para vencer a la muerte. Fabricar palabras salvaría al ser del olvido y con ello se habría vencido a la muerte. Y de eso se encargaron los poetas, quienes pretendiendo decir el ser, sólo decían sombras. Si de verdad queríamos conocer, si de verdad queríamos escapar a la muerte de la incomunicación había que expulsar a los poetas por mentirosos. Pero la situación se complicó cuando se vio que las palabras eran eso, palabras.

Porque al igual que nombramos las cosas que existen, que son, podemos hablar de cosas imaginarias, que no son, luego estamos diciendo algo que no es, pero el no-ser no se puede decir precisamente porque no es; no se puede “hablar” el silencio. Si no podemos decir lo falso, porque sería decir el no-ser que no existe, tampoco podremos decir que es falso lo falso, o sea, decir lo verdadero. Aún más, cuando el ser que pretendemos conocer está en permanente cambio y no podemos atraparlo en su fugacidad. La cosa que era hace un millón de años o hace un segundo ya no es, ya es “otra cosa”. Luego si las palabras, los discursos, son un instrumento fabricado por hombres, éste puede hacer lo que los hombres quieran, según sepan manejarlo mejor, según estén mejor entrenados, según sean más... ¿sabios? Expulsamos al poeta y se nos coló el sofista enseñando, a buen precio, que hay tantos “seres” como cabezas que piensan, tantos “bienes” como corazones y tantas “justicias” como monedas. No habrá entonces un buen uso del instrumento discursivo, sólo usos eficaces cuya única verdad será la cobijada en la convención de la convicción y la persuasión. Escurridizo personaje que vende un saber aparente, puesto que, como todo es eso, sólo apariencia, quien mejor domine el sutil arte de la apariencia logrará convencer y dominar, aparentando decir algo cuando en realidad, no dice nada.

La situación es difícil, más difícil de lo que cabía suponer en un principio, y quizá insalvable. Porque el ser no se da en el pensamiento (en conceptos vacíos), sólo se da en los sentidos (en intuiciones ciegas), que cobran su carácter de sentidos (recobran la vista) cuando un pensamiento los abarca, unifica e interpreta. En realidad, es el pensamiento el que sí se da en el ser. En una realidad que es continuo devenir irracional, infinito y eterno (non datur saltus, non datur hiatus), el pensamiento, para atrapar el ser, tuvo que inventar el no-ser. El no-ser es lo racional, imprime la razón a golpe de límite, de separación y clasificación, el poeta canta hexámetros y el científico enumera denominadores. El arte de abarcar lo inabarcable, de asir lo inasible, de dividir lo indivisible sólo puede hacerse de una manera brusca y radical, de una vez y para siempre. El ser sólo pudo aprehenderse en toda su extensión decretando su supresión. El no-ser es un artefacto y, como tal, existe, no como lo contrario al ser, como la nada absoluta, que ni es ni puede ser, pero que sí puede utilizarse (como artefacto que es), en sentido privativo, y, sobre todo relativo. El no-ser funda la ciencia, la episteme, que sí es transmisible y reproducible, pero que, y esto conviene no olvidarlo, en cierto sentido (no pequeño), “no es”. Conviene no olvidarlo, pero lo olvidamos, constantemente, con un peligro mucho mayor que el ubicuo y trasmoderno “olvido del ser”. De una manera análoga a lo que pasó con los poetas, tal olvido convierte en ser sólo los productos de la ciencia, de la técnica, de las artes humanas y toma a los entes, entre ellos los humanos, como sus objetos legítimos en los que aplicar la eficaz técnica de la racionalización y la clasificación; objetos de un “ser” transmisible, reproducible y, en virtud de ello, dominables y programables, y, según convenga, prescindibles.

No nos hemos olvidado del ser, no podemos olvidar lo que quizá nunca tuvimos ni nos sea dado tener, es el olvido del no-ser, de la nada, de su estatuto artificial, de su misma génesis como techné primigenia, limitadora y (por ello mismo) posibilitante de un pensamiento constituyente de sí mismo y de la realidad del ser. Desvelar este artefacto y su bastardo nacimiento parricida, denunciando los discursos que lo disfrazan con alguno de los infinitos ropajes del ser fue, y debería seguir siendo, la irrenunciable tarea de la filosofía.

Jesús Salcedo
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¿Por qué la Filosofía?. I

A veces pienso que hay algo oculto en la mayoría de las preguntas, y pienso que tal vez sea su necesidad tiránica de ser contestadas. Al lanzar la pregunta esperamos siempre una respuesta que complete, que cierre, que nos calme y nos de seguridad, como si el mundo todo estuviera formado por pares, bien/mal, hombre/mujer, pregunta/respuesta, como si no hubiera algo más allá del 0 y el 1. Pero, qué ocurre cuando no hay respuesta clara, cuando el medio círculo que supone la pregunta no es cerrado por el otro medio círculo de lo que entendemos por respuesta. Entonces, tendemos a consideralo un fracaso, un error, una pregunta inútil, una pérdida de tiempo o una simple provocación.


Tal vez, es por ello que abundan los escritos que tratan de dar respuesta a preguntas del tipo ¿qué es la filosofía?, ¿por qué la filosofía?, ¿para qué la filosofía?. Con ellas, veo que la mayoría de las gentes nos contentamos con respuestas que cierran el círculo, respuestas gratas para almas cándidas, las oímos como estrofas de una canción añeja y muerta que como una letanía recuerdan "la filosofía es la reflexión radical acerca del sentido de la vida", o la filosofía "busca las razones últimas" o "es la ciencia de las ciencias" , y nos creemos así que tenemos una respuesta, nos quedamos tranquilos por un rato, y olvidamos que aceptando el reto de la pregunta, dando una respuesta muerta, lo que estamos haciendo es jerarquizando algo que en principio ni siquiera tiene porque aceptar jerarquías, olvidamos que toda pregunta, impone un orden, exige un orden y una respuesta, casi siempre, sumisa.

También veo a menudo calmantes respuestas de manual, esas respuestas que ante tales preguntas presentan a la filosofía como la gran liberadora, y así no es raro que algunos oigan con satisfacción adormecida decir que: "la filosofía es incómoda para los gobernantes y poderosos", "la filosofía es incómoda para el sistema porque pregunta, porque no acepta dogmas, es crítica, los gobernantes y poderosos prefieren borregos a personas, por eso odian la filosofía". Como si la filosofía misma no estuviese ya dentro del sistema, como si fuera imposible que la misma filosofía pudiera ser no más que otra droga para intelectuales ociosos o como si no pudiera ser la filosofía otra forma supuestamente revolucionaria de justificar lo que hay.

No escasean tampoco las respuestas de los soñadores del absolutismo filosófico, éstos presentan a la filosofía como la llave del éxito personal, y a modo de un self-help book dan aquellas respuestas que prometen un cielo, un final del camino y del estudio, respuestas, que de ser seguidas, nos mostrarán la cara resplandeciente del sabio completo que llegaremos a ser, sentados en nuestro trono de rey-filósofo. En el mismo saco, están aquellas respuestas que prometen el conocimiento del fundamento último y radical de lo real -sea ello el lenguaje, la materia, o el pensamiento, que para el caso lo mismo da-.

Están, también, las respuestas que publican esa clase autodenominada filosófica, los imprescindibles expertos, los mandarines de la racionalidad, aquellos que más bien tratan de justificar o clasificar el sentido de su tarea, aquellos que ante cualquier pregunta, incluso la de la filosofía misma, buscan, como hace el fontanero, en su caja de herramientas el instrumento más adecuado que el momento requiera, y así apañan el asunto, y apelan a unas virtudes consolatorias de la filosofía para acabar convierténdolas en virtudes conformistas sobre lo que hay. Respuestas de ese tipo abundan hasta la fatiga en los cadavéricos espacios ocupados por las embalsamadas Facultades de Filosofia.

Sí. Las respuestas dadas son variadas, y podrán ser catalogadas y numeradas de diferentes maneras. Las que dan paz a la mente, las que tratan de explicar, las que justifican, las irónicas, las sesudas, las oficiales, las de siempre y las que vendrán. Pero, tiendo a pensar, que sólo son respuestas parciales, metáforas vacías, y en muchos caso metáforas móviles con complejo de superioridad. Sólo respuestas parciales suelen darse, respuestas tramposas que límitan más que agrandan.

Mejor sería pensar que no hay definiciones posibles, ni justificaciones que dar, ni respuestas definitivas, y que no importa si la filosofía entra o sale de los sistemas educativos; pues más bien, nadie hace ya preguntas filosóficas, ni la filosofía se enseña ni se aprende, ni hay libros de filosofía, ni por tanto hay filósofos.

Llegados aqui, y sin respuestas válidas habrá gente que pueda decir, "que confuso ¿que hacer sin un fundamento?". Pues, no lo se. Quizás la filosofía es oscura y así deba ser, como la vida misma, sólo grande si a ella se parece, confusa, indeterminada, cambiante, y sólo sostenida en la
des-lenguada Nada, ese Cero Plural.

Y ahora tú, no me mal interpretes; con esto no quiero decir que no debamos intentar aclarar la confusión, o que no debamos zambullirnos en el cambiante rio. Pues tal vez, y por otro lado, no haya otra solución que esa, intentar aclarar el desbarajuste, nadar con fuerza en la corriente para reavivar el fuego, intensificarlo, y dejar arder así la vida.

No te confudas. Sólo pretendo decir que, no creo que la filosofía necesite justificarse, ni defenderse de nada, ni responder científicamente a nada, que no pueden caber en un tema así respuestas que limiten, que ni siquiera cabe apelar a la esencia, que la filosofía podría muy bien también darse sin ella, sin ningún puesto de privilegio, sin esencia ni límites, con la libertad continua de elegirse en cada instante.

Por tanto, la única contestación que puedo dar ante la pregunta de "¿por qué la filosofía?" es aquella que no cierre el círculo, que lo mantenga infinitamente abierto, y que permita a la filosofía aparecer como una evidencia.

La única respuesta con sentido que se me ocurre es... ¿y por qué no?.

Nameless Cat
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10/01/2010

Filosofía desde el pupitre (a modo de presentación)

Si un buen día un desconocido nos abordara en la calle y nos interpelara con una locuacidad que exigiera de nosotros un tiempo y una atención que no habíamos previsto dilapidar, es posible que la cortesía nos impidiera formularle estas dos preguntas que de seguro rondarían nuestros labios: ¿quién eres? y ¿qué quieres? Seguramente, oiríamos con impaciencia su perorata hasta que se nos presentara la menor ocasión de escurrirnos... Pero, si algún lejano día, por ventura, nos acudiera a la cabeza aquel extraño que hace tiempo nos abordó en la calle sin venir a cuento, ¿acaso no nos preguntaríamos de nuevo, justamente, quién era aquel hombre y qué quería?


Por eso, ahora que ofrecemos a tu criterio, lector, estos artículos, impertinentes como aquel desconocido personaje que abordaba a los transeúntes en el párrafo anterior, deseamos ofrecerte, motu proprio y en primer lugar, la respuesta a esas dos preguntas tan pertinentes y concretas que rondan tu cabeza y que tal vez por cortesía aún no te decides a formular: ¿quiénes somos y qué queremos?
Somos filósofos, lector. Y ya la primera respuesta nos deja ante tus ojos en una posición harto ridícula. ¿Filósofos, decís? Filósofos, amable lector; filósofos con todas las letras. Y no nos molesta en absoluto que sonrías con condescendencia ante la desmesura de nuestras pretensiones: de sobra sabemos que el abrigo en que nos hemos enfundado nos queda muy grande. Sin embargo, consideramos que la filosofía no es la posesión de una etérea sabiduría, sino una lancinante profesión de amor. Por eso no nos asusta presentarnos en público como filósofos: somos de los que confiesan con candor sus amores –incluso los no correspondidos. Y, como filósofos confesos que somos, como humildes enamorados del  pensamiento, tenemos ansias de ser cándidos y audaces; estamos ávidos de lanzarnos sin redes a la deseada tarea de pensar.
Y esto nos lleva a la segunda respuesta, pues estamos convencidos de que el pensamiento es una tarea social y perentoria, y no un arcano privilegio de solitarios eruditos en polvorientas bibliotecas. Queremos pensar y concebimos el pensamiento como diálogo. Por eso te invitamos, con estos artículos, que son una propuesta de diálogo y de pensamiento, a una aventura compartida. Ya veremos hasta dónde nos lleva este camino, pero tenemos la intención de disfrutarlo.
Y ahora que no somos unos absolutos desconocidos para ti, lector, presta oídos a los artículos que tienes bajo tus narices o ve con dios en buena hora.
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