15/03/2010

Fe y Razón I

"Materia diste al mundo de esperanza
de alcanzar lo imposible y no pensado
y de hacer juntar lo diferente"
Garcilaso (Égloga Primera)

La madeja de velcro y las gafas de ver

Tomás “el Mellizo” no era un mal hombre, quizás un poco lento, sin un rastro de mala intención pero, como todos los hombres simples y prudentes, era desconfiado. Ser pobre y analfabeto le obliga a uno a reducir al máximo la extensión de su crédito, en el caso de Tomás a lo que vieran sus ojos y a lo que tocasen las yemas de sus dedos. Así, cuando se movía quería tener claro adónde iba (Jn 14, 5) y no creyó en un redivivo hasta que vio y tocó las heridas de los clavos y la lanza, y por ello se le reprendió (Jn 20,29). Nadie reprochó nada a Saulo quien también tuvo que ver hasta deslumbrarse, oír hasta la sordera, casi tocar hasta quemarse para devenir Pablo; pero él era un fariseo que hablaba griego y sabía escribir, vaya que sabía. A los intelectuales se les consiente que necesiten de más pruebas que las rudas y antihigiénicas del pobre Tomás, a quien se le exigía una fe ciega. También entre santos hay clases.


No era del Maestro de quien desconfiaba Tomás, era de los que le contaban que habían visto al Resucitado, y así prefería la fuerza de sus cortos sentidos antes que las palabras de hombres que tantas y tantas veces había visto mentir. Sin embargo, seguro que Tomás conocía el desierto y sabría que, en ciertas ocasiones, parecía haber agua donde sólo había arena, quizás alguna vez tomó por el grito de un niño el chirriar de una puerta. Si Tomás hubiese hablado griego tampoco le habría valido el testimonio de sus ojos que ya una vez le dieron arena donde prometieron agua o el de sus oídos que podían disfrazar de cigarra el cascabel de una serpiente. Tomás reclamó pruebas de vida al muerto y de identidad al Maestro, pero no se las reclamó a sus ojos ni a sus dedos, ellos le habían dado todo su escaso y valioso saber, tenía fe en ellos.

La fe siempre es sincera, por definición. Dudar de la fe, exigirle pruebas de su propia validez, es como pedir a alguien que falsifique su propia firma, algo imposible por contradictorio. La fe no puede ofrecer pruebas de su validez puesto que es la otorgadora de validez primera y absoluta. No podemos “tener fe”, la fe no se puede tener, no es un contenido es el recipiente, se ejerce, aun más, es imposible no ejercerla puesto que es el motor, verdadera causa efficiens. Estricta y formalmente pensada desprende un schein de trascendentalidad, de conditio sine qua non, del cual no podemos deshacernos, como esa madeja de velcro que al pretender librarnos de ella sólo cambia de sitio, como las gafas “de ver” a las que se les puede poner las más variadas lentes a través de las que vemos y conocemos todo. Sea cual sea la lente que elijamos (o nos elija ella) nos resultará transparente en nuestras gafas de ver y a través de ella las demás lentes desenfocarán, darán colores falsos, distorsionados, aparecerán como cristales engañosos. No cree en fantasmas quien los ve sino que ve fantasmas quien cree en ellos. A través de las lentes del creyente religioso todo lo que se ve es prueba de Dios y verá como cristal desenfocado la lente que usa el agnóstico ilustrado cuyo yo-libre no es más que otra lente distorsionadora a través de los cristales del escéptico, así in infinitum. Pero todos llevan gafas “de ver” o mejor, digámoslo ya, las gafas de vivir.

A nada que andemos sutiles y pausados encontraremos una vinculación entre creer y saber, con un poco más de atención tal vinculación aparecerá como una especie de circularidad: saber algo es sentirlo como propio, comprendido en nosotros, y a su vez creer en la verdad de ese sentir, de ese saber, así como en la verdad de la memoria que lo reproduce, en el yo que lo “observa”, etc. Si seguimos profundizando se nos desvelarán ambos conceptos como indiscernibles y no conviene llegar a tanto, pero sí es ilustrativo darnos cuenta de esa espiral de indiscernibilidad, no porque señale un camino sin salida (sea éste cual sea) sino porque apunta a un movimiento, a un impulso, una fuerza, una uirtus. No es lo importante que el camino no tenga principio ni fin o sea invisible, sino el movimiento que contiene. Descubriremos esta circularidad eficiente en las virtudes intelectuales, en las cardinales y, finalmente, en las teologales.

La vida es acción y no hay acción distinguible sin la prudencia que a su vez reclama del intelecto todo su arte para que adquiera un conocimiento que nos permita llegar a ser lo suficientemente sabios como para poder ser justos en las decisiones, templados en las pasiones y firmes en el ánimo y así seguir la marcha a pesar de los desengaños, para no (des)-fallecer, es decir seguir vivos. Todos estos términos pueden cambiar sus posiciones relativas y seguirán funcionado en su fluir a condición de que exista la intencionalidad del acto que se persigue o se intenta atisbar (la misma búsqueda puede ser el acto que se persiga), el sitio que pedía Tomás “el Mellizo”. Fe y esperanza se funden al igual que las demás fuerzas y parecen apuntar a lo mismo: la sabiduría. Sólo el sabio, el verdadero sabio, vive la verdadera vida... Pero todo esto no es suficiente. Hace falta querer.

Amar, dos puntos: querer, desear, anhelar, buscar, apreciar, gustar, estimar, eros, philía, cháritas, ágape, diligere, fruitio... como se lo quiera llamar. No son sitios, no son lugares, no son sentido, son sólo puro movimiento, tendencia, empuje, energía (y sí, también energéia absoluta, claro que sí). Sin ello, todas las demás fuerzas, todas las demás virtudes son sólo sangre coagulada, y la sangre sólo da vida en movimiento. Sólo el amor pone los cuerpos en movimiento, lo supo Platón tanto como Aristóteles, y antes Diotima tanto como Empédocles, pero también Schopenhauer y Nietzsche. Sólo el amor es vida, sea cual sea esa vida. Agustín de Hipona sólo tuvo que cambiar el objeto de su amor (de su disfrute, su anhelo, su deseo), de la carne al espíritu, para ser santo, pero sólo fue un cambio de sentido, no de intensidad. Ambas vidas estaban llenas de amor, de deseo, de hambre. Amor Dei o amor Fati, filantropía o egoísmo, tanto da. El amor es la función, el objeto (persona, idea, afición, dinero, profesión) amado es sólo el argumento que cambia a cada segundo, con cada latido.

Amor siue uita, pero no nos conformamos, buscamos la mejor vida, la uita beata, que ya sabemos (o creemos) es la de los sabios, unos sabios a los que nadie puede reconocer, porque gustan de irse a las montañas o van por ahí diciendo que nada pueden enseñarnos porque nada saben. Probablemente nunca alcancemos la sabiduría y debamos conformarnos con aspirar a ella, con perseguirla, con anhelarla, amarla en su ausencia porque, si alguna vez nos encontrásemos con la Sabiduría no la reconoceríamos, no podríamos reconocer lo que nunca tuvimos, reclamaríamos yagas en las manos y lanzazos en los costados.

Jesús Salcedo

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