15/03/2010

Fe y Razón II

"Llenósele la fantasía de todo aquello [...] y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas
soñadas invenciones [...] que para él no había otra historia más cierta en el mundo".

Por lo general se ha entendido, y se entiende que razón y fe son conceptos contradictorios, pero, a su vez, son conceptos que parecen no poder vivir desconectados. Como si hubiera efectivamente un principio de conexión en lo heterogéneo.

La razón duda sobre el ser y construye edificios sobre la interrogación. La fe es voluntad de ser, no es sólo aceptar creencias es también voluntad de crearlas, y la fe no es patrimonio de la religión.

La relación entre ambos conceptos, según la historia de la filosofía, tiene una historia larga; que puede quedar resumida en palabras de Philip O´Relly, así:

"[...] Pablo de Tarso y el platonismo engendraron un hijo mestizo, -con lo bueno de uno y lo bueno del otro, con lo malo de ambos-. Tras no pocos ajustes y semillas gnósticas, el Obispo de Hipona consideró más importante la meta y reprochó a los filósofos griegos, que habían salido ya del laberinto de los mitos, atender sólo al camino. La verdad indiscutible, la palabra pétrea de Dios, primó sobre la duda, y ello durante siglos.

La filosofía escolástica acercó lo conceptos, los pulió como hace la corriente del río y del tiempo con los guijarros, trató en insertar la razón en la fe y hasta el Arzobispo de Canterbury pensó una fe prioritaria pero no incompatible con las búsquedas de la razón. El Doctor Angélico armonizó ambos conceptos y los hizo proceder del mismo origen, Dios. Eran pues entonces -razón y fe- hermanas de padre, aunque con destinos diferentes; pues sólo fe sería la hermana llamada en última instancia a la presencia divina.

Al decretarse que no podía haber doble verdad, la hermanas se hicieron enemigas justo en el momento en que aparecieron las Universidades, y entonces la odisea de la separación entre razón y fe impuso su propia dinámica. Se radicalizaron las posturas, más, cada vez más, y más, hasta llegar a los gerentes del idealismo que pretendieron enterrar la nociva fe en estructuras dialécticas, hasta llegar a los científicos positivistas que incluso llegaron a olvidar toda relación con la metafísica. Olvidaron que la a Alezia, la Verdad, tuvo un origen mítico-religioso. Una fe en la razón ¿acaso no fue eso la Ilustración? [...]" (pag 330, The Philosophical Myth).

Pero se olvidó. Se olvidó, finalmente, el principio de conexión de lo heterogéneo. Y según se hundía la fe, resultó, para sorpresa de muchos, que en las sociedades postsecularizadas también se hundía la razón.

Tras el largo camino recorrido ambas se debilitaron, se licuaron, y extraviaron. La razón ahora se desparrama por carreteras secundarias, comarcales y locales, carreteras que nunca llegan a la proposición universal y mucho menos al concepto, la razón ahora se dedica al experimento olvidando su meta. La fe, por su parte, se transforma en
superstición, en religión vacía. La fe, ajena a la voluntad, al acto individual y a la convicción razonable, ahora se extravía en la creencia ciega, en el fanatismo, se convierte en espectáculo de masas y la masa no tiene fe (o según algunos, es mejor que no la tenga), ni la masa necesita ser racional. Es como si la desaparición de la fe y de la razón estuviera conectada con las leyes de la masa, pero no con las del individuo.

Me parece, pues, que al individuo le interesa la razón y la fe, o mejor dicho no puede vivir sin ellas. Que no hay razón sin lo Otro que lo determine. La razón no puede saberse a si misma sin la existencia de lo Otro, lo cual ella misma no es pero a lo que permanece anclada por el principio de conexión de lo heterogéneo. La razón no puede estar segura de si, sino cree y se crea ella misma a si misma, si no se ejerce como un acto individualizado de voluntad. El componente del concepto fe es un componente necesario para construir el concepto de razón. Y la razón, en el límite siempre o da un salto de fe o se paraliza.

Cuando Deleuze escribe: "...la fuerza es quien puede, la voluntad de poder es quien quiere...este concepto victorioso de la fuerza requiere un complemento, y este complemento es algo interno, un querer interno" (pag. 75, Nietzsche y la Filosofía), ¿no está hablando de la fe?, la afirmación nietzscheana, la afirmación a la vida por si misma pase lo que pase, ¿no es un salto de fe?.

¿Cómo puedes conocerte a ti mismo sino crees en ti mismo?. Hay un lo que se cree, y hay un como se cree. Y en el origen está eso que llamamos "el sujeto", ese que danza, ese que da el giro del loco ataviado con todos sus conceptos y sus relaciones, convencido de que su juego no es insensato, pues para él es evidente que se puede tener fe sin religión, una fe filosófica, atea si se quiere, si tus prejuicios religiosos te le impiden o simplemente te encuentras más cómodo, llámalo creencia, certidumbre, confianza, convencimiento. Fe.

Necesaria y más habitual de lo que estamos dispuestos a reconocer en público, es posible que hasta el mismo Platon cuando flirteaba con la filosofia ya supiera que para encontrar aquello que se ama uno debe tener fe.

D. Dervish

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