22/03/2010

Fe y Razón IV

(Hablan la razón, la fe y un filósofo)

Filósofo: ¿Por qué estás tan alicaída, Razón, amiga?, ¿acaso te entristece el verte tan maltratada por los simples?
Razón: Si solo los simples me maltrataran...
Filósofo: No exageres: también hay quienes te veneran.
Razón: Y tú eres uno de ellos, ¿no?

Filósofo: Por supuesto. Eres el único criterio de verdad aceptable que conozco.
Razón: Hombre, muchas gracias por homologarme.
Filósofo: ¿Te burlas?
Razón: Moi? ¿Acaso no me conoces?
Filósofo: Te conozco bien: tú eres lo único que sacia mi sed de verdad, y mi sed de verdad es tan intensa que vivo para saciarla. 

Razón: Con tanta sed de verdad, serás docto en matemáticas.
Filósofo: Te equivocas: soy de letras.
Razón: Como las x y las y del álgebra, ¿no?
Filósofo: Esas, en particular, no son mi fuerte.
Razón: ¿Y dónde buscas, entonces, tus verdades?
Filósofo: Extraña pregunta, viniendo de ti: escudriño los datos que recibo, los comparo, busco los principios en que se sustentan y, guiado por tu luz (que son también mis luces), descarto los que no me satisfacen y solo hago míos los que se me imponen como verdaderos.
Razón: Ha de resultarte extenuante una labor tan minuciosa.
Filósofo: Desde luego. Pero es la verdad una recompensa tan dulce que doy por muy bien empleados mis esfuerzos.
Fe: Además, no negarás que de vez en cuando relajas un poco tus criterios, ¿no?
Filósofo: ¿Y tú qué haces aquí, impertinente?
Fe: Soy hermana de la Razón y suelo acompañarla a donde va. Mírame: no negarás que hay entre nosotras cierto aire de familia. No te imaginas cuántas personas se proclaman enamoradas de ella y a mí dicen despreciarme, y, sin embargo, no consiguen dejar de confundirnos a cada paso… Pero no nos distraigamos: decíamos que, a pesar de las medallas que te cuelgas, no siempre le miras el pedigrí a la verdad con tanto empeño; que a veces engordas un poco la vista y te dejas colar, medio a sabiendas, demostraciones que no lo son, pruebas que no has sopesado bien…
Filósofo: Eso lo decías tú, y te equivocas. Desde luego, no soy perfecto. Es posible que en ocasiones (muchas, si quieres) me engañe, pero mis errores son involuntarios y siempre estoy dispuesto a corregirlos.
Fe: ¿Hablas en serio? Entonces responde a esto, por ejemplo: ¿crees que el hombre viene del mono?
Filósofo: ¿Te refieres a la teoría de la evolución?
Fe: Supongo que sí, si hablar así te resulta cómodo; pero, que yo sepa, solo te he preguntado si crees que el hombre viene del mono.
Filósofo: Hay ejércitos de pruebas que lo demuestran: excavaciones, fósiles de antropoides, etc.
Fe: Eso dicen, pero ¿conoces esas pruebas?, ¿estás seguro de que prueban lo que has oído que prueban?, ¿podrías refutar las objeciones que contra ellas se han aducido?, ¿sigues con interés las discusiones de los científicos? ¿O acaso, por el contrario, la mayor parte de tus nociones sobre la genealogía del hombre procede de algunos libros de texto que estudiaste sin entusiasmo y ya hace años? En otras palabras, campeón, ¿sostienes que el hombre viene del mono porque, de acuerdo con la razón que profesas, has sopesado tú mismo pruebas a favor y en contra de tal afirmación y, convencido por ellas, has llegado a un veredicto propio, o, más bien, como si de una religión se tratara, crees en ella (y en lo que la rodea) solo porque resulta cómoda y está a la mano; solo porque es un camino seguro: un camino tan bien delimitado y tan carente de maleza que puede seguirse casi con los ojos cerrados?
Filósofo: Conozco pruebas, argumentos y discusiones sobre la teoría de la evolución, si es eso a lo que te refieres, aunque no las he estudiado de manera exhaustiva: no soy biólogo ni antropólogo, y mi interés en cuestiones de evolución solo es parcial. De todos modos, aunque no conozca con minucia cada detalle de la teoría de Darwin, sí puedo afirmar, sin lugar a dudas, que es más probable que otras teorías acerca del origen del hombre.
Fe: Pero si alguien se saliera de las generalidades y te pidiera examinar algo concreto, si alguien te pidiera dar cuenta de las razones que sustentan, por ejemplo, el salto mental que conecta el hallazgo de algunos trozos desperdigados de cadáveres de primates de hace millones de años con la afirmación de que dichos trozos han de haber dado lugar a algunos otros trozos de cadáveres, algo menos antiguos, que también se han encontrado por azar; si alguien, decía, te preguntara algo de ese tipo, ¿no te pondría en un aprieto?
Filósofo: Probablemente, y tendría que responderle que no soy un experto en el tema y que si lo que quiere es una discusión en condiciones, haría bien en procurarse un buen naturalista.
Fe: Lo que viene a ser muy similar al eterno “doctores tiene la santa madre iglesia que lo sabrán responder”, ¿no?
Filósofo: Está claro a dónde quieres llegar, pero te equivocas. Los doctores de la ciencia lo son, precisamente, porque pueden dar razón pública de sus afirmaciones…
Razón: …O eso cabría esperar de ellos…
Fe: Y no solo de ellos: quien profese conocer racionalmente una verdad debe poder dar cuenta a los demás y darse cuenta a sí mismo de  ella. Pero, para hacerlo, antes tiene que haber revivido el proceso original de su descubrimiento. Las verdades no son esos animalillos grises y mansos que exhiben en los libros, como trofeos, los que nunca se han tomado la molestia de salir a cazarlas; las verdades, por el contrario, son como leones y son como colibríes, y no se dejan atrapar por cualquiera.
Quien busque una verdad ha de estar dispuesto a perderse, ha de estar dispuesto a abandonar el hogar y salir a buscarla sin certezas y sin garantías. Y si un día encuentra algo que se parezca a esa verdad que está buscando, ha de recibirlo con cautela, con hostilidad incluso; ha de buscar algún motivo (cualquiera sirve) que le permita rechazarlo, porque solo si el carácter de verdad de ese algo que ha encontrado se le impone de manera irresistible, ineluctable, puede dar por fructífera su búsqueda. Y aún si eso sucede, el buscador de verdades solo podrá atesorar su descubrimiento mientras sea capaz de abarcar con la mirada todos los detalles del camino que ha seguido y solo será razonable mientras esté dispuesto a desandar ese camino, a buscarle atajos, a ponerle peros... En caso contrario, podrá sostener el enunciado de esa verdad que algún día conoció, si eso le place, y podrá también creer en ese enunciado con más o menos énfasis, con más o menos fe... pero no con razón.
Filósofo: Me parece que hablas razonablemente.
Fe: Desde luego. No olvides que soy hermana de la razón.

4 comentarios:

  1. Qúé textos más sabios!!Soberbia puede ser la fe de está reflexión pues me ha evocado a una situación con la que me encontré. Una conocida conto a su marido que tenía que buscar repuestas a sus pensamientos (dandole todo tipo de detalle sobre el asunto). Pues que mala suerte tuvo que donde fué no se encontraba ni la repuesta ni nada... La paradoja fue que el marído tuvo que llamar por teléfono a su amigo de Praga para preguntar si sabía algo de su mujer que llevaba desaparecida y no sabían dónde buscarla. Claro la tacharon de no se que.. pero eso sí trataron de comprenderla y la acogieron con los brazos abiertos después de liar la que lío, menos mal que tiene un marido que la quiere con locura. Mirá que querer ir buscar respuestas le diría el filósofo.
    Carmen

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  2. Quizás Carmen,la experiencia la llevo a apreciar que necesitaba ser sentida por ambas cosas en la vida como la busqueda del pensamiento y a su marido, pero como estas cosas son tan particulares. Aunque dijo una vez un sabío creo que fue Maimónide que Razón y fe podían armonizar.

    Martín. Un cordial saludo y la enhorabuena por LA RECIEN ESTRENADA REVISTA DE FILOSOFÍA

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  3. Hola a todos,
    he leido los 4 numeros sobre razon y fe, y si bien me gustan, lo cierto es que echo de menos los aspectos negativos de la fe (y también de la razón), me refiero a que lo malo es la “fe negativa”, a la que se recurre cuando un hecho choca contra los prejuicios (¡generalmente aportados por la fe!). Es muy cómodo “no creer” en algo cuando nos molesta. Si uno es un ferviente católico preferirá “no creer” en ciertos manejos atribuidos al Vaticano; si es un buen comunista, “no creerá” en otras “falacias” atribuidas a Stalin o al régimen comunista en general. etc, etc.

    Todavía peores son los aspectos negativos a los que puede arrastrar la fe, por ejemplo suponer que ésta tiene acceso a verdades no accesibles por la razón: todo adoctrinamiento fideísta toma como piedra angular este axioma. Y así la fe impele a hacer cosas que el sentido común rechazaría.

    La fe debería ser eliminada de una vez, el recurso al “sentido de la vida”, ¿no es un prejuicio irracional más con que apuntalar una creencia indemostrable, una “racionalización de lo irracional”, en suma?, ¿por qué la vida ha de tener un sentido?.

    La mayoria de los filosofos buscan la verdad y la unidad, pero muchos de ellos no se preguntan ¿es la verdad o la unidad algo deseable?.

    Un saludo
    Gracias por vuestros articulos.

    David Monleon

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  4. Pues yo lo he leido también, y no puedo estar más de acuerdo.

    A mi me parece que cuando dicen razón y fe, no hablan de teología. También me parece que hay un punto en que no se pueden distinguir una de otra. Es algo así como que ontologicamente van juntas.

    Perdonad mi vocabulario, pero David, cuando dicen lo que dicen, no me parece ni que estén defendiendo la fe, ni que haya que acabar con ella. Sólo parecen decir que van juntas por naturaleza, por decirlo así. La separación es más metodológica y política que otra cosa.

    Saludos
    Maria

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