I used to live in a room full of mirrors
all I could see was me.
Then I take my spirit and I smash my mirrors,
now the whole world is here for me to see.
Jimi Hendrix
Dicere te aude!
La pirámide de Jufu y la sinfonía “Patética” se hicieron del mismo modo; de la misma manera que se llegó a la luna, nos descubrimos enamorados de una compañera en la oficina o se intenta redactar una bagatela filosófica: pensando.
Pensando. Sin embargo, la cosa no es tan fácil, de tan común el factor resulta invisible y no parece que tengamos tan claro lo que sea pensar como para que ni siquiera podamos atisbar el posible valor de decir (ualor dicendi) lo pensado o la trascendental (sic) tarea de tener el valor de decirlo (audacia dicendi). Porque ya el mismo pensar parece un decir y no es raro encontrar muchos decires que parecen no haber sido pensados en absoluto. Esto no tiene por qué ser un inconveniente, puesto que si una persona se revela en su decir, quizá podamos llegar a ella tanto por el valor de lo dicho, si es digno de considerarse o más bien son incongruencias, como por la audacia de decirlo o no. Ambas vías ayudarán a conformarnos una imagen de esa persona una vez que pasen por los filtros inaprensibles de nuestro propio pensar. Precisamente en ellos debemos fijarnos porque será en ellos donde nos ganemos o nos perdamos, en ellos encontraremos el lugar donde lo valioso del pensar se desvela por la audacia del decir. La cuestión es difícil y existe el riesgo de caer en recursividades y dialelos, pero nos ponemos a ello quoquo modo. Siempre nos quedará el recurso irónico y guasón de aquel orador ininteligible quien, dirigiéndose a su auditorio, decía: “perdónenme su ignorancia”.
Tenemos un pensamiento, o mejor, un pensar ignorante e ingenuo, afortunadamente ignorante y peligrosamente ingenuo, en el que vivimos y actuamos. En ese pensar decidimos, soñamos, planificamos, cantamos, amamos y también hablamos. Este último caso es importante, en tal pensar no pensamos primero y luego hablamos, ni hablamos sin pensar, sino que hablar y pensar son indiscernibles, es más, aunque no pronunciemos palabra alguna ese pensar-hablar interno sigue siendo una sola actividad, de hecho, lo que cotidianamente reconocemos como “pensar” son esas “palabras” que “oímos” en nuestra cabeza. Hay quien resume ese pensar con la palabra “yo” que se usa como panacea y que irremisiblemente conduce a un abismo sin fondo y a infinitos desdoblamientos, a los que nos referimos más adelante. Cuando decimos algo, sea que digamos una promesa, un discurso, un cuadro cubista o una función logarítmica, no decimos el pensar-hablar ignorante, es imposible, nadie dice lo que piensa. Repetimos: nadie dice todo lo que piensa, no es posible, ese pensar-hablar ignorante ingenuo (poético, digámoslo ya) es inexpresable e irreproducible por extensión (también por intensión, quizá más). Todas las imágenes, sonidos, voces, palabras, etc. que surgen (nos asaltan y se desvanecen) cuando pensamos lo que vamos a decir son inasibles; ya en vigilia, ni qué decir en el sueño. Conviene ser claro en esto, cuando componemos un pensamiento para ser comunicado (puesto en comunidad) intentamos dominar y ordenar lo que es indomable. Ahí sí entra en juego la voluntad, voluntad que siempre es asesina, y lo reducimos por el único método posible, la supresión, la negación. Construimos lo que vamos a decir eliminando todo lo que “sobra” del pensar-hablar ignorante infinito (mejor sería decir no-numerable). En ese momento el pensar-hablar deja de ser ignorante y pasa a ser razón, que se dice, o mejor, se da. Damos razones a los otros y a nosotros mismos, ¿cómo no habríamos de darlas?, es completamente legítimo puesto que desde el momento en que el pensar-hablar se ha convertido en razón ya es una cosa y, como tales, las cosas se pueden dar, intercambiar, hasta venderse.
En plaza pública, como todo lo que se intercambia, se las inviste de valor bajo el criterio de la permanencia. Parece como si las viejas razones, los decires ancestrales, que perviven (que se siguen diciendo) fuesen las más valiosas. Es el mismo criterio de la economía del oro, donde se pretende deducir el valor de la perdurabilidad. Falaces ambos criterios, aunque cada uno a su manera; en nuestro caso, resulta difícil decidir si la perdurabilidad de un decir es causa o consecuencia de su valor. Después viene el precio, puesto que no existen los decires regalados; o bien son falsos regalos que ocultan sus contrapartidas intencionales, o bien son expresamente bautizados “sin precio” y no admiten un intercambio con otros decires, son dogmáticos. Un decir verdaderamente regalado sólo podría ser aquél sin un destinatario posible, en tal caso sería una razón sin intención; un decir gratuito por inintercambiable que además sería ilocalizable y que, a fin de cuentas, nada diría. Ofrecemos nuestros decires y recibimos o rechazamos otros; ojo, aceptar y rechazar una razón son acciones y, como tales, son también razones. A estas alturas estará claro ya que todo actuar es un decir, no necesariamente verbal, que habla (y no poco) de nosotros. Una misión de audaces porque, precisamente, en ese intercambio nos jugamos nuestro ser. Pasar desde el bruto (ζῷν) al hombre (ἄνθρωποϲ) es discurrir por (δια-) un camino pavimentado de razones (λόγοϲ) que tiene peaje; y muchas veces se paga con la propia vida. Pero, siendo ineludible, no es esta la audacia de decir a la que nos referíamos más arriba como tarea trascendental, ésta es mucho más sutil y ardua y, por si fuera poco, es inacabable. Es el valor de darse la vuelta en el camino de razones para meternos dentro del abismo de aquella cosa (que no es cosa) a la que algunos llaman “yo” y que es una habitación llena de espejos.
Con el decir configurado por la voluntad reductora y supresora habíamos conseguido que el pensar-hablar dejase de ser ignorante para ser razón transmisible, pero recordemos que también dijimos que tal pensar-hablar es afortunadamente ignorante y peligrosamente ingenuo. Con la razón eliminamos de nuestro pensar-hablar a esa beata ignorantia que era la productora del pensar bruto, infinito, fugaz, caprichoso, inconexo, que sólo pudo salir de la habitación llena de espejos olvidando la inocencia de su plenitud, convirtiéndose en palabra, en verso, en música, en escultura o en rascacielos, es decir, en cosa. Pero ese decir, ese pensar-hablar que ha dejado de ser felizmente ignorante sigue siendo peligrosamente ingenuo, más aún, catastróficamente ingenuo.
La ingenuidad es una, sin dobleces, simple y, como tal, inmune al error. De hecho, lo que llamamos error, en el decir de razones, no es más que una posibilidad ya recogida en su propio dominio, definida por el acierto, o sea: no definimos “p” por los infinitos “no-p” sino que definimos el “error” de todo lo que no es “p” reduciéndolo a un “no-p”. En esta reducción, el decir inmunizado con la vacuna de la Sancta Simplicitas disfraza y uniformiza como yerros, anomalías o sinrazones lo que está fuera de sus pagos de tal manera que, al apropiárselos, abarca todo, deja de tener lindes. En realidad lo que ha hecho es dejar de verlas, por eso la ingenuidad no tiene miedo, pero un peligro es mayor cuando no se le reconoce. Entonces, ¿es valiente la ingenuidad? Es temeraria, no es valiente quien no siente miedo, sino quien viendo el peligro lo encara a pesar de su miedo. Sólo es posible evitar el desastre perdiendo la seguridad de quien se columpia al borde del abismo porque no lo ve al no ver el límite. Para ello, el decir tiene que volverse sobre sí mismo y atreverse a descubrir su origen con el riesgo de que no le guste. Perder la ingenuidad de creer que el todo se daba en él, en sus razones. Ahí encontramos la tarea trascendental de la verdadera audacia: en el decir reflexivo, decir y dar razón de las imágenes de los infinitos espejos del sótano de nuestro “yo” donde surgió el mismo decir, en el pensar-hablar ignorante ingenuo infinito y simple. Por eso es una tarea trascendental, porque llegar a conocernos es tanto como desvelar las vías del mismo conocer. Por eso es una tarea infinita, porque infinitas son las imágenes de los espejos de nuestra habitación. Por eso no hay mayor audacia, porque descubriremos que lo que creíamos realidad razonable no son más que espejos que nos rodean y que hay que ser muy valiente para atreverse a decirse uno mismo, para afrontar la terrible decisión de romper los espejos y, tras ellos, ver lo indecible.
Jesús Salcedo
25 de abril de 2010
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